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La seguridad ciudadana

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Los dominicanos casi nunca hemos podido tener la suerte- por llamarla de alguna manera- de contar con seguridad para nuestras vidas, tan así es que la mayoría de controles, de protecciones, de correctivos los hemos puesto los propios ciudadanos a nuestro propio costo aun.

En momentos como el actual, en los cuales la delincuencia desborda los límites de cedencia aceptados por obligación, hemos tenido que protegernos sobremanera: enverjando nuestras viviendas, colocándoles alarmas a estas y a nuestros vehículos, cambiando nuestros hábitos de vida y de socialización. Realmente los escenarios sociales han sido abandonados por las personas sensatas que con el objetivo de no convertirse en una nueva estadística se refugian en sus hogares, justipreciando la irrecuperable vida.

El enseñoreado de los delincuentes ha tornado a los dominicanos de bien en seres paranoicos, sospechosos de todo, dudosos de cualquiera, pero sobretodo desconfiados de las autoridades supuestas a protegerlos. Si bien las estadísticas  pudieran demostrarlo, sabemos que con la vorágine delincuencial ha aumentado la búsqueda de la protección de Dios, es notorio el crecimiento de la feligresía en todas las iglesias. El temor al hombre ha aumentado el amor a Jesucristo.

Ante el avance de la delincuencia, la incidencia negativa sobre nuestras vidas, el fracaso gubernamental en la lucha contra los delincuentes  o la decidía y la connivencia delinco-gubernamental, nuestras autoridades debían ocuparse de otras vertientes de la seguridad ciudadana.

Enfocarse a otros aspectos de la seguridad ciudadana debería convertirse en un ejercicio prioritario para el gobierno, es inaudito que desde el mes de noviembre los amaneceres poseen un grado de oscuridad mayor que las noches y aun así no se haya dispuesto un retraso de una hora en los relojes nacionales, para con esto provocar que la ciudadanía salga con más claridad a las calles, por tanto menos expuesto por la penumbra a los peligros. Otro beneficio seria el ahorro de combustible, valiosísimo aporte en momentos de altos precios del petróleo.

Otro aspecto donde se hace palpable la ausencia de seguridad ciudadana es en la iluminación de las calles, avenidas y carreteras del país. El ciudadano transita por vías oscuras, cambiar un neumático es una empresa de valientes, si se nos daña el vehículo corremos el riesgo de ser atracados: ¡que poco se protege la vida de los dominicanos! 

Referirnos a la ausencia de personal de seguridad o vigilancia en las calles dominicanas es pecar de insulso. Estos solo aparecen en lugares y situaciones donde son innecesarios, requiramos de ellos para ver cuán lejos están y más difícil es localizarlos. La ciudadanía es robada, sus propiedades violadas en el país y salvo sus acciones de autodefensa no hay quien nos proteja ante el terremoto delincuencial.

Preocuparse por sus ciudadanos es un compromiso del Estado y quienes lo dirigen, no es una dadiva, no es una concesión, es palmariamente una obligación. Procurar darle una vida segura, en la cual el dominicano pueda por sus propios medios agenciarse su sustento sin temor de que por la desprotección, descuido u oscuridad su vida pueda ser destajada por un desaprensivo.

Los impuestos cobrados muchas veces de manera temeraria y compulsiva por el Gobierno, han de ser mejor invertidos, menos dilapidados, puestos a fructificar para un pueblo al cual se les extraen sin la menor de las contemplaciones. Los dominicanos no podemos vivir con más sobresaltos, con nuestras vidas en vilo y mucho menos con un Estado protector de los facinerosos.

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